domingo, 27 de diciembre de 2015

"Los animales con peste", una fábula de La Fontaine


LOS ANIMALES CON PESTE
En los montes, los valles y collados,
de animales poblados,
se introdujo la peste de tal modo,
que en un momento lo inficiona todo.
Allí donde su corte el león tenía,
mirando cada día
las cacerías, luchas y carreras
de mansos brutos y de bestias fieras,
se veían los campos ya cubiertos
de enfermos miserables y de muertos.
«Mis amados hermanos»,
exclamó el triste rey,
«mis cortesanos,
ya veis
que el justo cielo nos obliga
a implorar su piedad, pues nos castiga
con tan horrenda plaga;
tal vez se aplacará con que se le haga
sacrificio de aquel más delincuente,
y muera el pecador, no el inocente.
Cada cual examine su conciencia
sin falsa adulación, sin negligencia.
Confiese a todo el mundo su pecado.
Y yo primero acusaré contrito
que, siguiendo sin freno mi apetito,
yo cruel, sanguinario, he devorado
inocentes corderos,
ya vacas, ya terneros,
y he sido, a fuerza de delito tanto,
de la selva terror, del bosque espanto».
También maté pastores.
Si fuere yo el responsable
no será justo, no, que yo rehúse
ofrecerme cual víctima propicia.
Empero, es deseable
que cada uno como yo se acuse:
que es de estricta justicia
que tan solo perezca el más culpable.
«Señor», dijo la zorra, «en todo eso
no se halla más exceso
que el de vuestra bondad, pues que se digna
de teñir en la sangre ruin, indigna,
de los viles cornudos animales
los sacros dientes y las uñas reales».
Devorar los estúpidos corderos
¿es acaso pecado?
No… debieran más agradeceros
el honor especial que les hicisteis
pues en manjar real los convertisteis.
Respecto a los pastores….
¿No sostienen quimérico dominio
sobre pobres, sencillos animales?
Son por esa razón merecedores
de tal exterminio.
Al terminar el zorro, aduladores
astutos aplaudieron.
Allí del tigre, de la onza y oso
se oyeron confesiones
de robos y de muertes a millones;
mas entre la grandeza, sin lisonja,
pasaron por escrúpulos de monja.
El asno, sin embargo, muy confuso,
prorrumpió: «Yo me acuso
que al pasar por el prado de unos monjes…
el hambre que sentía,
la ocasión y la hierba que invitaba…
tal vez algún demonio allí escondido
que a infringir los deberes me incitaba,
(no es que yo quiera disculpar el hecho
porque fue sin derecho),
unas maticas trasquilé del prado:
Mas fue solo un bocado”….
“Es él; no hay duda; es él el responsable”.
Sin dejarlo acabar, todos clamaron.
Y un lobo algo erudito
probó que ese maldito
animal, vil, sarnoso.
fue el que provocó horroroso
flagelo con su enorme delito.
¡Comer la hierba ajena!
¡Qué crimen más atroz! Solo la muerte 
era de tal acción digna pena… 
Y hubo el pobre asno de aceptar su suerte … 
Según qué poderoso o miserable 
seas, si eres juzgado,
te harán parecer justo o culpable.


Esta fábula nos muestra las diferencias de juicio entre unos y otros, cómo a veces el humilde es juzgado con rigor, mientras que el poderoso es exonerado de sus culpas con facilidad.

En 1958, Pilar Enciso con la colaboración literaria de su marido, el dramaturgo Lauro Olmo, creó en Madrid el Teatro Popular Infantil, que representaba  un cambio de orientación ajeno a las líneas tradicionales y a las directrices oficiales del franquismo. Para su repertorio, escriben un conjunto de cinco piezas (El león engañado, La maquinita que no quería pitar, El león enamorado, El raterillo y Asamblea general) que firman ambos, las cuales tuvieron una gran acogida, aunque se representaron pocas veces, debido a la falta de cauces y a los silencios impuestos por los censores.

La última de estas obras, Asamblea general, con un lenguaje ágil y gracioso, escenifica con gracia los nuevos valores sociales basándose en la fábula de La Fontaine que hemos copiado más arriba, "Los animales con peste". Enciso, Olmo, junto a Buero Vallejo y Alfonso Sastre, forman la plana mayor del llamado movimiento del “realismo social”, en el largo período desde el final de la guerra civil hasta la democracia.

El argumento de Asamblea general, basándose en el símil entre las actitudes de los animales y los humanos, plantea la confesión pública de los pecados de cada uno para librarse de la epidemia de peste que asola el país y que se interpreta como un castigo divino. Condenan al único inocente, Burrote, pero al final quedan desenmascarados los hipócritas y aduladores como el Lobo y la Zorra, así como el León, que encarna el poder despótico. Constituye una buena crítica de la injusticia que supone la administración de la justicia cuando protege al poderoso aún siendo culpable y busca como víctima propiciatoria al ser más indefenso.

Esta obra hacía, en 1958, la crítica social que el franquismo permitía a regañadientes, con la vigilancia estrecha de la censura.

No hay comentarios:

Publicar un comentario