sábado, 5 de diciembre de 2015

"Cuando Hitler robó el conejo rosa", de Judith Kerr


When Hitler Stole Pink Rabbit, Cuando Hitler robó el conejo rosa es un libro de literatura juvenil escrito por la escritora e ilustradora anglo-alemana Judith Kerr (nacida en Berlín, en 1923).

Es una historia autobiográfica. Narra cómo una niña alemana de origen judío, Anna, realiza un viaje por diferentes países, huyendo de la ferocidad de los nazis, que han ganado las elecciones en Alemania. Judith Kerr obtuvo en 1974 el premio Deutscher Jugendliteraturpreis por este libro.

Anna es una niña judía alemana de nueve años. Cuando narra su historia, los nazis están a punto de ganar las elecciones en su país (1933), por lo que la familia debe huir a Suiza. La familia se compone de los padres de Anna (su padre es un periodista muy admirado, pero también muy buscado por los nazis por sus ideas políticas) y de su hermano Max, un niño dos años mayor que ella, apasionado del fútbol y con pocas ganas de estudiar, y una niñera muy amorosa y querida en la familia, Heimpi.

En Suiza, se instalan en el Gasthof Zwirn, una humilde pensión de un pueblo cercano a Zurich. Allí, Anna hace amistad con Vreneli, Roesli y Franz, además de con un niño pelirrojo que parece haberse enamorado de ella. Pero las cosas no les van bien allí, por lo que se marchan a París. En la capital francesa, los niños no se adaptan bien al idioma: por ello, la madre contrata a mademoiselle Martel, una institutriz que les ayuda a dominar el francés. Tras algunos meses con la tutora, ambos asisten a un colegio, en el que Anna conoce a Colette, quien se convierte en su mejor amiga en Francia.

A la vez, los padres de Anna se hacen amigos de los Fernand, unos agradables franceses que les ayudan en los aspectos domésticos, puesto que la madre de Anna no está acostumbrada a llevar la casa sola. Sin embargo, todo se complica: como nadie quiere publicar los artículos del padre de Anna, se ve obligado a escribir guiones de cine y a mandarlos a Inglaterra. Allí, un director acepta hacer una película, pero la familia recibe el duro golpe de la muerte del tío Julius, un hombre que amaba los animales, y se quito la vida tomándose un bote de pastillas para dormir, ya que no le permitían la entrada en el zoo al que siempre iba con Anna y Max cuando vivían en Berlín.

La historia acaba con el viaje de la familia a Londres, en busca de un futuro mejor.

Es de lectura recomendada a partir de doce años: se propone como lectura en muchos institutos de enseñanza secundaria de España, ya que contiene interesantes referencias a hechos históricos del holocausto.


  Enlaces:

Fragmentos:
  • ¿Qué es ser judío?
   "Se había apresurado porque quería comprar unos lápices de colores en la papelería y ya era casi la hora de comer; pero iba tan sin aliento que se alegró de que Elsbeth se detuviera a mirar un gran cartel rojo.
   — Es otro retrato de ese señor — dijo Elsbeth — . Mi hermana la pequeña vio uno ayer y se creyó que era Charlie Chaplin.
Anna contempló la mirada fija y la expresión severa. Luego dijo:
   — No se parece en nada a Charlie Chaplin, como no sea en el bigote.
Leyeron el nombre que había debajo de la fotografía.
   Adolf Hitler.   —Quiere que todo el mundo le vote en las elecciones, y entonces les parará los pies a los judíos
—dijo Elsbeth—. ¿Tú crees que le parará los pies a Rachel Lowenstein?
   —A Rachel Lowenstein no la puede parar nadie —respondió Anna—. Es capitana de su clase. A lo mejor me para los pies a mí. Yo también soy judía.
   —¡Tú no!
   —¡Claro que sí! Mi padre nos estuvo hablando de eso la semana pasada. Dijo que éramos judíos, y que, pasara lo que pasara, mi hermano y yo no debíamos olvidarlo nunca.
   —Pero vosotros no vais a una iglesia especial los sábados, como Rachel Lowenstein.
   —Eso es porque no somos religiosos. No vamos a ninguna iglesia.
   —Pues a mí me gustaría que mi padre no fuera religioso —dijo Elsbeth—. Nosotros tenemos que ir todos los domingos, y a mí me dan calambres de estar sentada.
   Elsbeth miró a Anna con curiosidad.
   —Yo creí que los judíos tenían que tener la nariz ganchuda, pero tú la tienes normal. ¿Tu hermano tiene la nariz ganchuda?
   —No —dijo Anna—. La única persona que hay en casa con la nariz ganchuda es Bertha, la criada, y se le quedó así porque se la rompió al caerse del tranvía.
   Elsbeth empezaba a impacientarse.
   —Pues entonces —dijo—, si por fuera sois como todo el mundo y no vais a una iglesia especial, ¿cómo sabéis que sois judíos? ¿Cómo podéis estar seguros?"
(Capítulo 1)
  • Antisemitismo 
   "Una mañana, cuando Anna y Max bajaron, encontraron a los niños Zwirn jugando con un niño y una niña a quienes no habían visto nunca. Eran alemanes, aproximadamente de sus mismas edades, y estaban de vacaciones con sus padres en el hostal.    —¿De qué parte de Alemania sois? —preguntó Max.   —De Munich —dijo el niño.   —Nosotros vivíamos en Berlín —dijo Anna.   —¡Caramba! —dijo el niño—. ¡Berlín debe ser estupendo!  Jugaron todos juntos a tula. Antes no había sido nunca muy divertido porque sólo eran cuatro (Trudi no contaba porque corría muy despacio y siempre lloraba cuando la cogían). Pero los niños alemanes eran los dos muy rápidos, y por primera vez el juego fue verdaderamente emocionante. Vreneli acababa de coger al niño alemán, y él había cogido a Anna, de manera que ahora le tocaba a Anna coger a alguien, y se fue detrás de la niña alemana. Dieron vueltas y vueltas por el patio del hostal, cambiando de dirección y saltando por encima de las cosas, hasta que, cuando ya Anna creía que iba a atraparla, de pronto se interpuso entre ellas una señora alta y delgada con gesto desagradable. La señora apareció tan de repente, de no se sabía dónde, que a Anna le costó trabajo pararse y casi se choca con ella.   —Perdone —dijo, pero la señora no contestó.   —¡Siegfried! —chilló con voz aguda—. ¡Gudrun! ¡Os he dicho que no jugarais con estos niños!   Agarró a la niña alemana y se la llevó. El niño las siguió, pero cuando su madre no le miraba hizo un gesto raro a Anna y movió las manos como excusándose. Luego los tres desaparecieron en el interior del hostal.   —Qué enfadada estaba esa señora —dijo Vreneli.   —A lo mejor cree que somos maleducados —dijo Anna.   Intentaron seguir jugando a tula sin los niños alemanes, pero no resultó bien y acabó en desastre como siempre, con Trudi llorando porque la habían cogido.   Anna no volvió a ver a los niños alemanes hasta última hora de la tarde. Debían haber estado de compras en Zurich, porque cada uno de ellos venía con un paquete y su madre traía varios más grandes. Cuando iban a entrar en el hostal, Anna vio ante sí la ocasión de demostrar que no era una maleducada. Se adelantó de un salto y les abrió la puerta.   Pero aquel gesto no pareció agradarle nada a la señora alemana. «¡Gudrun! ¡Siegfried!», dijo, y rápidamente empujó adentro a los niños. Luego, con cara agria y apartándose lo más posible de Anna, se escurrió ella por la puerta. Le costó trabajo porque casi se le atascan los paquetes, pero al fin pasó y desapareció. Ni siquiera le había dado las gracias, pensó Anna: ¡ella sí que era maleducada!" (Capítulo 9)
  • En el cole en Francia 
   "Entonces sintió una mano sobre su hombro. Un ligero olor a perfume con sólo una pizca de ajo la envolvió, y delante de sí vio un rostro arrugado y muy amigable, rodeado de cabellos negros rizados.    —Bonjour, Anna —dijo el rostro muy despacio y claramente, para que Anna lo entendiera—. Yo soy tu profesora. Me llamo madame Socrate.   —Bonjour, madame —dijo Anna en voz baja.   — ¡Muy bien! —exclamó madame Socrate. Señaló con una mano hacia las filas de pupitres, y añadió, con la misma lentitud y claridad que antes—: Estas niñas están en tu misma clase —y algo de «amigas».   Anna apartó los ojos de madame Socrate y se arriesgó a lanzar una rápida mirada de reojo. Las niñas ya no la miraban fijamente, sino que la sonreían, y se sintió mucho mejor. Entonces Colette la llevó a un pupitre al lado del suyo, madame Socrate dijo algo y las niñas —todas menos Anna— se pusieron otra vez a recitar al unísono.   Sentada en su sitio, Anna escuchó el sonido que zumbaba a su alrededor. Se preguntó qué estarían recitando. Era extraño tener una clase en el colegio sin saber siquiera de qué trataba. Al escuchar detectó algunos números en medio del zumbido. ¿Sería una tabla de multiplicar? No, porque había muy pocos números. Echó una ojeada al libro que Colette tenía sobre el pupitre. En la cubierta había un dibujo de un rey con una corona. Entonces cayó en la cuenta, justo en el momento en que madame Socrate daba una palmada para poner fin al recitado. ¡Era historia! ¡Los números eran fechas, y había sido una lección de historia! Sin saber por qué, ese descubrimiento la puso muy contenta.   Ahora las niñas estaban sacando cuadernos de sus pupitres, y a Anna se le dio uno sin estrenar. La clase siguiente era de dictado. Anna reconoció la palabra porque una o dos veces mademoiselle Martel les había dictado algunas palabras sencillas a ella y a Max. Pero esto era muy distinto. Había frases largas, y Anna no tenía ni idea de lo que quería decir ninguna de ellas. No sabía dónde acababa una frase y empezaba otra, ni siquiera dónde acababa una palabra y empezaba otra. Parecía inútil embarcarse en ello, pero aún parecería peor si se estaba sin escribir nada. De modo que hizo lo que pudo por traducir los sonidos incomprensibles en letras ordenadas en grupos que parecieran verosímiles. Cuando llevaba cubierta casi una hoja por este extraño procedimiento, el dictado acabó, se recogieron los cuadernos, sonó un timbre y fue la hora del recreo.   Anna se puso el abrigo y siguió a Colette al patio, un espacio rectangular pavimentado y rodeado de verjas que ya se estaba llenando de niñas. Hacía un día frío, y las niñas corrían y brincaban para entrar en calor. En cuanto que Anna apareció con Colette, muchas se apiñaron alrededor de ellas y Colette las fue presentando: Claudine, Marcelle, Micheline, Françoise, Madeleine... Era imposible aprenderse todos los nombres, pero todas sonreían y le tendían la mano a Anna, y ella se sintió muy agradecida por su cordialidad.   Luego jugaron a un juego de cantar. Con los brazos entrelazados, cantaban y se inclinaban hacia adelante, hacia atrás y de lado al compás de la canción. Al principio parecía un juego muy suave, pero luego se iba haciendo cada vez más deprisa, hasta que por fin se armaron tal lío que se cayeron todas en montón, riendo y sin aliento. La primera vez Anna se quedó fuera mirando, pero a la segunda Colette la cogió de la mano y la llevó al extremo de la fila. Anna pasó su brazo por el de Françoise —o tal vez fuera Micheline— y se esforzó en seguir los pasos. Cuando se equivocaba, todo el mundo se reía, pero con simpatía. Cuando lo hacía bien, les encantaba. Cada vez estaba más acalorada y excitada, y de resultas de sus equivocaciones el juego acabó en un barullo todavía mayor que el de antes. A Colette le dio tanta risa que tuvo que sentarse, y Anna también se reía. De repente pensó en la cantidad de tiempo que hacía que no jugaba con otros niños. Era estupendo estar otra vez en un colegio. Cuando acabó el recreo hasta había llegado a cantar la letra de la canción, aunque no tenía ni idea de lo que quería decir." (Capítulo 15)
  • Cuando Hitler robó el conejo rosa
   "Max había tenido grandes reservas hacia Francine antes de ir.   —¡Yo no quiero jugar con una niña! —había dicho, e incluso había afirmado no poder ir porque tenía que hacer deberes.   —¡Es la primera vez que te tomas tan en serio los deberes! —dijo mamá enfadada; pero eso no era del todo justo, porque últimamente, empeñado en aprender francés lo antes posible, Max atendía mucho más a sus estudios. Max se sintió profundamente ofendido y fue todo el rato con una cara muy larga, hasta que llegaron a casa de los Fernand y Francine les abrió la puerta. Entonces su gesto de mal genio desapareció al instante. Francine era una niña muy guapa, con pelo largo como miel y grandes ojos grises.   —Tú debes ser Francine —dijo Max, y añadió mintiendo, pero en un francés sorprendentemente correcto—: ¡Tenía muchas ganas de conocerte!   Francine tenía muchos juguetes, y un gato blanco muy grande. El gato tomó posesión de Anna inmediatamente, y se sentó en su regazo mientras Francine buscaba algo en el armario de los juguetes. Por fin lo encontró.   —Esto es lo que me regalaron por mi cumpleaños —dijo, y sacó una caja de juegos muy parecida a la que Anna y Max tenían en Alemania.   Por encima del pelo blanco del gato, la mirada de Max se cruzó con la de Anna.
   —¿Me dejas que la vea? —preguntó Max, y casi antes de que Francine asintiera ya la había abierto. Se pasó mucho rato inspeccionando el contenido, manoseando los dados, las piezas de ajedrez, las diferentes clases de cartas.
   —Nosotros teníamos una caja de juegos como ésta —dijo al fin—. Pero la nuestra tenía también dominó.   A Francine no pareció agradarle mucho ver menospreciada su caja de juegos.   —¿Y qué fue de la vuestra? —preguntó.   —Tuvimos que dejarla en Alemania —dijo Max, y añadió con tristeza—: Supongo que ahora jugará con ella Hitler.   Francine se echó a reír.   —Bueno, pues tendréis que usar ésta en su lugar —dijo—. Como yo no tengo hermanos, no suelo tener con quien jugar.   Toda la tarde estuvieron jugando al parchís y a la oca. Era agradable, porque el gato blanco siguió tumbado en el regazo de Anna y para jugar casi no hacía falta hablar en francés. El gato parecía tan a gusto oyendo tirar los dados por encima de su cabeza, y no quiso bajarse ni siquiera cuando madame Fernand llamó a Anna para probarle las cosas. De merienda se comió un trozo de bollo glaseado que Anna le dio, y después volvió a subírsele encima y le sonrió a través de sus largos pelos blancos. Cuando llegó la hora de marcharse, la siguió hasta la puerta de la calle.   —Qué gato más bonito —dijo mamá al verle.   Anna quiso contarle cómo había estado tumbado en su regazo mientras jugaban al parchís, pero pensó que sería de mala educación hablar en alemán delante de madame Fernand, que no lo entendía. De modo que, con muchas vacilaciones, lo explicó en francés.   —Pero si me habías dicho que Anna hablaba muy poco francés —dijo madame Fernand.   Mamá se puso muy contenta.   —Está empezando —dijo. —¡Empezando! —exclamó madame Fernand—. Es la primera vez que veo a dos niños aprender un idioma tan deprisa. A veces Max parece casi francés, y en cuanto a Anna..., ¡hace un par de meses apenas sabía decir palabras, y ahora lo entiende todo!" (Capítulo 17)

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