sábado, 7 de noviembre de 2015

Caperucita y el feminismo

El cuento de Caperucita ha conocido muchas versiones y también muchas interpretaciones a lo largo de la historia.

Desde posiciones feministas, tanto de la versión de los hermanos Grimm como de la de Perrault, se ha querido leer el cuento como la crónica de una violación, donde la víctima es presentada paradójicamente como la culpable, por ser la incitadora del lobo, ya que desobedece las reglas del recato y el decoro penetrando en el lugar prohibido, el bosque, el reducto del macho. Es Caperucita la que debe pagar por sus errores porque ha osado vulnerar el tabú, al desobedecer a su madre. El lobo devorador-violador es, así, presentado como un justiciero, un restaurador del orden social. O quizá como un pecador, un ser débil presa de los bajos instintos que ha despertado en él la seductora Caperucita. Pero no es tenido por un maleante. Por eso en algunas versiones se le procura un final menos dramático: el cazador-juez le castiga con una buena perdigonada a la altura de la cola, en lugar de matarlo o de abrir su vientre y sacar vivas de las entrañas del animal a la niña y su abuela. La sociedad machista perdona así al delincuente con una simple chapada en el culo. El violador no es más que un niño travieso al que hay, como mucho, que reconvenir, pues no está bien que haga travesuras, acaso un poco pesadas o subidas de tono.

Podemos pensar en una lectura excesiva, exagerada, del cuento tradicional por parte del feminismo, al que enseguida tendemos a calificar de "radical". Pero ciertamente esa sexualización precoz de las niñas y esa visión lasa de las pulsiones pedófilas, lejos de ser una cuestión anticuada o hiperbólica, "cosa de gentes anti-sistema", puede rastrearse en el mundo de hoy en algunas de las manifestaciones artísticas con más seguimiento por parte de la juventud actual: las canciones del pop.

Por ejemplo, en la conocida canción “Pequeña Carolina”, del grupo McClan, se cuenta la historia de una niña de doce años que desata los apetitos sexuales del cantante quien, cual lobo del cuento, quiere "devorarla":


La dulce niña Carolina,
no tiene edad para hacer el amor,
su madre la estará buscando
o eso es lo que creo yo.
No puedo echarla de mi casa,
me dice que no tiene donde dormir,
después se mete en mi cama,
esto es mucho para mí.
Esa va a ser mi ruina,
pequeña Carolina,
vete por favor.
Carolina, trátame bien,
no te rías de mí,
no me arranques la piel.
Carolina, trátame bien
o al final te tendré que comer.
No queda en la ciudad esquina,
tras la que yo me pueda esconder,
siempre aparece Carolina,
con algún tipo de interés.
La reina de las medicinas
que no se venden en farmacia legal,
vinagre para las heridas,
dulce azúcar al final.
El diablo está en mi vida,
pequeña Carolina,
vete por favor
Carolina, trátame bien,
no te rías de mí,
no me arranques la piel.
Carolina, trátame bien
o al final te tendré que comer.
Dulce niña Carolina

Es muy frecuente en las más nefastas muestras de la llamada "chick list" (lite para chicas), la fusión de dos arquetipos de la literatura universal: la Caperucita del cuento popular y la Lolita, pequeña nínfula seductora, de Vladimir Nabokov. El resultado es que se obliga a crecer antes de hora a las niñas, a las que no se deja gozar en plenitud de la "dulce infancia", y sobre todo que se las lanza a una carrera de competición para llamar la atención de los chicos y reduciendo así su horizonte vital al de ser "barbies" precoces: píntate las uñas, ponte sexy para él, ponte tops y algún escote, aprende a agradarle... La mujer solo es tal en la medida en que resulta femenina, y solo es femenina si resulta visible para el otro sexo. Las gafotas, las gorditas y, menos aun, las reivindicativas protofeministas, no ligan con los chicos. Sobre todo, no te hagas la intelectual.

La Carolina sexy de la canción resulta para el cantante de McClan, "La reina de las medicinas / que no se venden en farmacia legal, / vinagre para las heridas / dulce azúcar al final". Es decir, la dulce tentación de lo prohibido. Otra versión de la Manzana del Árbol del Bien y el Mal del Jardín del Edén, en la que tristemente descubrimos un Adán dominado por tentaciones pedófilas.

Más información:
  • Charles Perrault, trabajo de Miguel Ramos. 2º Bachillerato A. Curso 2015-2016.

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